Después de los aspectos que hemos tratado en los post anteriores, llega el gran momento de la verdad. Una vez implementadas las TIC en el aula es necesaria una nueva práctica educativa. ¿Estamos los profesores preparados, o dispuestos, a emplear nuevas metodologías en la práctica académica? ¿Estamos dispuestos a modificar nuestra forma de evaluar? Recordemos que la utilización de metodologías diferentes implica la utilización de instrumentos de evaluación diferentes.

Pongamos un ejemplo. Uno de los bloques de contenidos de matemáticas es la Estadística. Podemos enfrentarnos a este bloque explicando los conceptos básicos: variables, tablas de datos, gráficas, medidas de dispersión y centralización,… O proponer a los alumnos un maravilloso proyecto en el que tengan que aplicar todos estos conceptos. Nos decidimos por el proyecto y utilizamos los ordenadores que hay en el centro (o que tienen los alumnos en sus casas) para diseñar una encuesta y trabajar sobre ella. ¿Tiene sentido que luego evalúe con una prueba objetiva consistente, pongamos por caso, en calcular las medidas de dispersión de una serie de datos que se me ocurra? Nada más contrario al espíritu de la introducción de la tecnología en el aula.

Si nos fijamos en el desarrollo de las competencias del alumno el enfoque de un estudio estadístico es más efectivo. Los alumnos tienen que desarrollar su competencia digital utilizando las herramientas informáticas de las que disponen en su casa o en el aula; es evidente que desarrollan su competencia matemática al aplicar e interpretar los datos que obtienen en sus encuestas; la presentación de los resultados desarrolla su competencia lingüística; los temas sociales que pueden ser tratados mediante un estudio estadístico permiten el desarrollo de su competencia social y ciudadana, así como el posible trabajo en equipo que tienen que realizar;… Desde este punto de vista, ¿qué aporta una prueba objetiva de cálculo de parámetros estadísticos?

Si conseguimos cambiar nuestra metodología es fundamental que cambiemos nuestra forma de evaluar. Es necesario que el profesor evalúe todos los pasos del trabajo propuesto, teniendo control sobre el aula y sobre las tecnologías que se están empleando. La evaluación sí debe ser contínua, en el sentido más real del término (se evalúa en cada momento del aprendizaje del alumno), para que el profesor pueda tomar las medidas necesarias para reorientar el aprendizaje.

Esto no significa que tengamos que abandonar los principios tradicionales de la evaluación, o las pruebas clásicas que todos sufrimos, porque son necesarias cuándo el profesor así lo considere, sino más bien que debemos exigir que los instrumentos de evaluación sean adecuados al tipo de actividades que realizamos en clase.

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