Durante mi vida profesional he recibido quejas de padres y de alumnos con motivo del elevado número de pruebas objetivas (exámenes, controles, …): “Creo que hacéis demasiados exámenes”, “Profe, ya está bien”, sobre todo en los cursos de la enseñanza primaria y secundaria. El otro día, en una conversación, nos dimos cuenta de que, incluso de un modo egoísta, es posible que realmente hagamos demasiados exámenes.

Desde un punto de vista pedagógico, debemos tener en cuenta que el examen no es la única forma de evaluación posible. Realmente hay muchas más, pero lo dejaremos para otros post. También denota una cierta dependencia de los libros de texto, puesto que en muchos caos son ellos los que marcan las unidades didácticas. Pero como hablábamos del egoísmo, hagamos un pequeño cálculo con un profesor que en primaria enseñe 5 áreas de conocimiento, de esas en las que acostumbramos a poner exámenes:

  • Normalmente un área de conocimiento está dividida en unas 15 unidades didácticas (aproximadamente cada unidad didáctica está pensada para dos semanas).
  • 15 unidades por 5 áreas son 75 unidades didácticas de las que debe evaluar a un alumno.
  • Si esto lo multiplicamos por 25 alumnos obtenemos 1875 exámenes que corregir al año.
  • Si conseguimos corregir cada examen en 5 minutos utilizaríamos 9375 minutos en corregir exámenes, lo cual supone 156 horas y un cuarto de hora de corrección de exámenes. Como por ley el curso tiene unos 175 días lectivos nos encontramos con la realidad de que un profesor tiene que corregir exámenes prácticamente todos los días.

Desde mi punto de vista es mucho más interesante dedicar este potencial de horas a la preparación de actividades dirigidas a desarrollar las competencias de los alumnos que a corregir exámenes, lo que no significa que hay que dejar los exámenes de lado, pero sí realizar los que sea necesario y no más de la cuenta.

Finalmente, algunas referencias:

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