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Imaginémonos una maravillosa tarde de primavera, en un jardín infantil, con los gritos de los niños y los padres y madres en plena labor de vigilancia. En este paisaje unos padres comienzan a reñir a su hijo/a porque no quiere la merienda. En un primer momento los padres razonan sobre la salud del niño, aducen argumentos sociales y emplean los trucos habituales… Sin conseguir nada. Comienza la pérdida de los nervios por parte de los padres con los gritos y riñas. El resto de los padres observan, entre comprensivos y escandalizados… Los demás niños con un punto de solidaridad. Los padres del niño sin hambre, ante el cariz que toma la situación, no saben si porfiar o abandonar…
En el Colegio muchos profesores actúan de la misma manera. Ante una situación que consideran irrespetuosa son capaces de buscar una reafirmación de su autoridad mediante la amonestación pública, en algunos casos apelando a la falta de educación del alumno, a su mal ejemplo, etc. Esto no consigue más que, en la mayoría de los casos, se genere una corriente de solidaridad con el alumno que está siendo recriminado. Es posible, además, que en el caso de alumnos especialmente conflictivos obtengamos una respuesta agresiva, puesto que el alumno se siente atacado (hay que recordar que los alumnos tienen sentimientos) y reforzado por sus compañeros. El profesor también buscará la solidaridad de sus compañeros con lo cual el conflicto se polariza.
Ante estas situaciones debemos plantearnos las siguientes cuestiones:

  • ¿El motivo del conflicto molesta al grupo o me molesta a mi? En el primer caso no debemos transigir, en el segundo debemos obrar como adultos, que para eso lo somos, y posponer la amonestación a un momento mejor.
  • ¿Estoy utilizando la forma correcta de dirigirme al alumno? ¿Le presento hechos objetivos?
  • ¿Estoy convirtiendo al alumno en un protagonista o en el héroe del grupo?

No debemos buscar el enfrentamiento con el alumno delante del grupo, es mejor explicar nuestras razones en privado y, si consideramos que es necesario que el alumno no esté en el aula, será necesario justificarlo de forma objetiva, evitando la discusión con éste. Pero recordemos: la expulsión del aula debe de ser una medida excepcional y no la regla habitual.

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo sencillo, Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”

Aristóteles

 

Últimamente se habla mucho de la falta de autoridad del profesorado. Como todo aquello que hay que solucionar en educación se promulga una nueva ley (véase educación para la salud, vial, prevención de la violencia de género,…) y los profesores en lugar de protestar, como es habitual, consideran que se soluciona el problema porque “tienen la sartén por el mango”. Pero conozco profesores que son capaces de estar en un aula complicada y no tener ningún problema de autoridad (sin necesidad de hacer un curso de kárate); profesores que hablan y hablan, los alumnos no molestan, pero tampoco atienden,… hay tantas y tantas variables.

¿Pero qué significa exactamente autoridad? Podemos centrarnos en Wikipedia o en el Diccionario de la Real Academia Española y nos daremos cuenta de que hay dos tipos de autoridad: una legal y otra moral. Es cierto que la legal permitirá legitimar algunas de las actuaciones de los profesores, pero esa autoridad legal no deriva automáticamente la autoridad moral, puesto que esta se concede por el otro, en la relación que mantiene contigo, cuando éste se convence de que el objetivo del profesor es intentar acompañarlo hasta dónde quiere llegar, aunque no siempre lo consigue, y acepta (el profesor) los defectos y las virtudes del alumno.

Nota: Aceptar al alumno no significa que no se le corrija cuando el alumno no hace lo que se espera de él (tanto académica como personalmente).

Creo que aunque no aborda el tema de la autoridad de forma directa, y puede tener alguna apreciación discutible, es interesante el post Relationships and Uncertainty Matter Most: David Brooks in the New Yorker on Educational Excellence.

La autoridad se gana en el aula cuando el profesor respeta (se pone en el lugar) a los alumnos, tanto desde el punto de vista personal como académico, se muestra justo en sus decisiones y se abre a la escucha de los alumnos. No confundamos la autoridad con la capacidad de sancionar de forma automática. Eso es Poder, que es algo diferente. Recordemos que no todo el que tiene poder tiene autoridad.

Para finalizar: “Todo gran poder exige una gran responsabilidad”

Se montrer autoritaire reste le moyen le plus sûr de perdre toute autorité. Robert SABATIER (Le livre de la déraison souriante. Paris, Albin Michel, 1991, p. 89)

 

 

Hay un interesante artículo de Marvin Marshall, disponible en marvinmarshall.com , en el que se exponen las aproximaciones contraproducentes a la resolución de conflictos en el aula. Es interesante comprobar que en el mundo no hay nada inventado y que la mayor parte de las situaciones que se presentan se reducen a que el adulto adopte el rol de adulto y no entre en el juego de los adolescentes a los que pretendemos educar. Por otra parte, el alumno aprende en un contexto social, en el que nosotros enseñamos, ya sea por acción o por omisión y el alumno aprende de estas actuaciones. Por lo tanto el utilizar estas medidas harán que los alumnos también las utilicen.

Aunque es recomendable que se lea el post original, intentaré comentar algunos de estas medidas contraproducentes en diferentes post.

Una de las actitudes señaladas en este post es la de que se tiende a confundir, entre el profesorado, la gestión de la clase con la disciplina.

  • La gestión de la clase es una responsabilidad del profesorado, puesto que es el responsable de dirigir el aprendizaje. No es una responsabilidad del alumno.
  • ¿Quién es el responsable de la disciplina? El profesor, el alumno, el tutor, el equipo directivo (individualmente o en conjunto), los padres,… Antes debemos llegar a un acuerdo sobre lo que significa disciplina.

Intentemos aclararlo. Según el diccionario de la Real Academia Española, vigésimo segunda edición, disciplina significa:(Del lat. disciplīna).

1. f. Doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral. 2. f. Arte, facultad o ciencia. 3. f. Especialmente en la milicia y en los estados eclesiásticos secular y regular, observancia de las leyes y ordenamientos de la profesión o instituto. 4. f. Instrumento, hecho ordinariamente de cáñamo, con varios ramales, cuyos extremos o canelones son más gruesos, y que sirve para azotar. U. m. en pl. con el mismo significado que en sing. 5. f. Acción y efecto de disciplinar.

~ eclesiástica. 1. f. Conjunto de las disposiciones morales y canónicas de la Iglesia.

y disciplinar significa:(Del lat. disciplināris): 1. adj. Perteneciente o relativo a la disciplina eclesiástica.

o (De disciplina). 1. tr. Instruir, enseñar a alguien su profesión, dándole lecciones. 2. tr. Azotar, dar disciplinazos por mortificación o por castigo. U. t. c. prnl. 3. tr. Imponer, hacer guardar la disciplina (‖ observancia de las leyes).

Posiblemente estamos de acuerdo en que las más aproximadas a la idea que expresan los profesores en sus conversaciones son la primera, la tercera y la quinta. Supongamos que ningún profesor se refiera a la cuarta acepción y al verbo relacionado. Pero lo fundamental es que la Disciplina, en cualquiera de sus acepciones es una responsabilidad personal: una persona es disciplinada o tiene disciplina cuando cumple una serie de normas de tipo moral, pero en ningún caso la disciplina son las normas impuestas por el Centro educativo.

¿Qué significa entonces que en una clase hay falta de disciplina? Por un lado se puede decir que los alumnos no han interiorizado la responsabilidad personal de seguir un comportamiento adecuado al que se espera en el aula. Pero si nos fijamos en la tercera acepción de disciplinar el responsable de hacerla guardar es el profesor que está en el aula. Si el profesor no es capaz de imponer la disciplina, ¿quién será el encargado de imponerla? Tampoco debemos confundir la disciplina con mantener a los alumnos en absoluto silencio, pendiente de nuestra perorata y nuestras afirmaciones. Muchas veces eso no significa más que los alumnos están preocupados de la clase siguiente, del tuenti del día anterior o de la próxima salida. En un mundo absolutamente visual y en el que pretendemos que sean comunicativos y tengan criterio personal eso es una contradicción.

Lo que parece evidente es que si queremos disciplina debemos inducir en los alumnos responsabilidades sobre lo que consideramos importante para su formación. Estas responsabilidades se generan durante la gestión de la clase, en la que nosotros somos los responsables absolutos.